Mi camino del corazón: sanación, decisiones y espiritualidad

Cuando armo propuestas, estas siempre me incluyen. Mis estudiantes lo saben (y a veces se sorprenden): yo también hago las propuestas con ellas. Sanamos y movemos la energía juntas.

Para mí, esto es fundamental y nos ancla en el nuevo paradigma. No soy la docente que tiene todas las respuestas y dice “hagan lo que yo ya hice”, enseñando desde afuera. Considero que siempre hay algo que mover, sanar, comprender o integrar, sin importar el nivel de conciencia en el que estemos. Por eso, me involucro en todo el trabajo personal que guío: en las rutinas vitalizantes, en las sesiones grupales de sanar en red, en las sinfonías de integración de reflejos primitivos, y en los ciclos de “sanando al niño interior” que reciben las estudiantes de tercer año de Formación.


“Yo también me transformo y crezco con cada grupo que acompaño.”


Como ejemplo, quiero compartir un proceso personal revelador que viví en 2019:


Como cada verano, me proponía guiar un retiro. Pero, al estar con poco tiempo, me dije: “Cris, hace algo fácil, que no requiera tanta organización ni tanto movimiento…” ¡jaja! Claro, fácil hubiera sido repetir algo que ya me salía de taquito, pero no, tenía que proponer algo nuevo: “El camino del corazón”. ¡No sabía cuánto me iba a involucrar!


Diciembre fue un mes de preparación interna. El camino del corazón, la toma de decisiones, la encrucijada, la expresión auténtica de nuestro ser, estar alineados con nuestra misión en la vida… todo esto daba vueltas en mí.


Al mismo tiempo, venía arrastrando un dolor en la rodilla izquierda por un accidente que tuve en mayo jugando al ping pong con mi hijo. Era un dolor que ya comenzaba a “naturalizar”… Hasta que me di cuenta que, si quería que ese dolor se fuera, tenía que trabajar en la rodilla. (Y cuando digo trabajar, me refiero a Sanación Profunda y terapia neural).


Trabajar la rodilla mientras preparaba “El camino del corazón” me llevó a recordar algo que había sucedido años antes: a los 18 años, tuve un problema grave en esa misma rodilla.


En esa otra “vida mía”, que pocos conocen porque nunca hablo de ella, mi mundo era la comunidad judía de Córdoba. Estaba profundamente involucrada: participé en grupos de juventud, fui alumna y guía, me apasionaban las danzas, y tenía fuertes opiniones sobre la política y la vida judía. A los 18, como era de esperarse, me fui a Israel por un año, a vivir en Jerusalén y prepararme para ser maestra de hebreo.
No sé por qué ocurrió el dolor en la rodilla, solo recuerdo que fui al médico, me hicieron unas placas, me recetaron plantillas y me dijeron: “Usted no podrá bailar más, olvídese de bailar”.
¿¡Olvidarme de bailar!?
¡Las danzas circulares judías eran mi vida y mi pasión! Mi primer acercamiento al judaísmo fue a través de las danzas israelíes, y le pedí a mi mamá cambiarme a la escuela judía. Siempre sentí que “yo acerqué a mi familia al judaísmo” llevando esos valores a casa.


A los 18, tomé mi primera gran decisión adulta: alejarme de Dios, del judaísmo y de todo lo relacionado con ello. Hoy lo leo y pienso: “Si no puedo bailar, no quiero saber nada”. Rechacé todo, y sentí que conmigo todo había salido mal. Fui a Israel con la esperanza de profundizar en esos valores, pero volví peleada con Dios y con el judaísmo. Me peleé con la religión judía. Me peleé con todas las religiones. Me peleé con Dios. Me fui a estudiar ciencia. Me volví agnóstica.


Probablemente ya has escuchado esta parte… estudié Ciencias Químicas, terminé la carrera y luego me fui a viajar sola. Siempre me las arreglaba sola, con gran orgullo. Pero, al final, no se trata solo de lo que decidimos, sino de la actitud con la que tomamos esas decisiones.


Cada decisión viene con una encrucijada, y detrás de cada encrucijada hay una actitud.” Aunque el escenario cambie, la actitud detrás de cada decisión a veces se repite una y otra vez. Este patrón nos manda al piloto automático, a nuestros mecanismos de defensa, y creemos que estamos avanzando, cuando en realidad volvemos siempre al mismo lugar. ¿Te suena?

En mi caso, la actitud era: “me las arreglo sola”. Sola en lo físico y terrenal. Sola en lo divino y celestial.
Y ese orgullo se me estancó en la rodilla.


Pasaron casi veinte años de una “espiritualidad sin Dios”, hasta que, gracias a los muchos ciclos de sanación del niño interior que guié, comencé a reconciliarme con Dios. Me di cuenta de que nunca estuve sola, que la vida me apoyó siempre y que Dios estuvo a mi lado, incluso cuando no lo veía.


El 2018 fue un año que me llevó a mi propio límite. En tiempo, energía, trabajo, demandas, ingresos y autoexigencia. En mis clases de arquería terapéutica apareció la imagen arquetípica de la Doncella. Mi profe me dijo: “Cris, ya está la proveedora, ya está la guerrera, vamos a trabajar la imagen de la doncella. Te voy a decir algo que quizás hace mucho no escuchas… “APOYATE EN MÍ”. Fue una catarata de lágrimas. Me costó, pero solté.
Año 11. Año 2. El año para trabajar los vínculos, en el Cielo y en la Tierra.
Así cerré ese año: aprendiendo a apoyarme en el otro, haciendo lugar para el otro, y permitiéndome encontrar equilibrio entre proveedora y doncella.


A nivel físico, fue el año en que elegí ponerme brackets para traer un diente que se había desplazado hacia atrás. También tuve que aceptar la presencia de otro diente compañero en mi boca, “aceptar al otro para morder la vida juntos”. ¿Casualidad? Jejeje… lo dudo.
El “otro” en el plano físico es mi esposo, y en el plano divino es Dios.
Con el orgullo liberado de mi rodilla, reconciliada con Dios, me di cuenta de que quizás ya no hace falta que me las arregle sola. De hecho, estoy aprendiendo que esta etapa no la puedo hacer sola. Mi misión es grande, y necesitaré ayuda.
Mi esposo se ríe: “Cris, ¿todo esto por un dolorcito de rodilla? ¡La próxima vez juega al ajedrez en vez de al ping pong!” Yo también me río, ese año y después de casi 20 años, volví a bailar.


Desde entonces, me reconcilié con Dios, que regresó a mi vida con fuerza, ya no desde el judaísmo sino desde la Kabbalah, que regresó a mi vida en el 2019 y esta vez llegó para quedarse. Las danzas también regresaron, esta vez como danzas circulares del mundo, y como todo es tan perfecto, encontré una maestra que integra la sabiduría de la Kabbalah en sus danzas, que ella llama “oraciones corporales”.


Y como todo es tan perfecto, la comprensión de la Kabbalah y del Árbol de la Vida se filtra en todas mis clases de la Formación de Facilitadores. El Árbol de la Vida es el mapa de todos los mapas, y nos ayuda a explicar y le da sentido y perspectiva del alma a todo lo que hacemos en la Formación: la importancia del trabajo emocional, el equilibrio en todas las dimensiones de nuestro ser, y cómo podemos ser cocreadores de una vida plena conectada al propósito del alma.


Esto no lo encontrarás como contenido oficial en el programa de la formación, porque no me considero lo suficientemente preparada para presentarlo de esa forma. Pero es el gran “extra bonus” de los tres años de la Formación.

Si quieres sumarte al próximo inicio, en el siguiente enlace encontrarás toda la información.

Cristina Hyland

Soy Cris Hyland, experta en medicina energética y EFT Tapping desde hace 20 años, y creadora del sistema de Sanación Profunda, que sintetiza mi experiencia en acompañamiento terapéutico. Creé la Escuela de Sanación Profunda, donde formo sanadoras y profesionales de la salud para guiar procesos de empoderamiento personal, ayudando a que sus consultantes recuperen su propia voz. Te enseño a usar tus manos para sanar, a desarrollar poder personal en tu vida y a acompañar a otros en este camino de sanación y transformación.

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